Mi Habana

 

¿Qué podría contar sobre Cuba que no sepan ustedes ya?

Antes de todo quisiera decir que soy cubano. Llevo varios años fuera de mi país y se puede decir que lo echo de menos.

Echo de menos el calor caribeño, las playas, las fiestas, la cultura, la arquitectura; la gente pregonando todo tipo de cosas por las calles desde comida hasta muebles, en bicicletas. Aquellas tardes en las que se nos pasaban las horas jugando al dominó, cantando y bailando todo el día sin parar; correr descalzo y sin camiseta bajo los “aguaceros” (lluvia fuerte), ¡OH si! Cuba te hecho de menos.  

Cuba no es solo una isla del Caribe, sino que es la más grande de las Antillas Mayores. Con un clima tropical repleta de playas hermosas bañadas por el mar Caribe. Muchas de ellas consideradas entre las más lindas del mundo. Parece fácil lanzarse a ir allí, elegir un destino con resorts todo incluido y a disfrutar.
Sin embargo, Cuba está muy lejos de ser sólo un destino de playas paradisíacas. Una manera diferente y mucho más auténtica de viajar por la isla es recorrerla en “carro” (que es como llamamos a los coches), atravesar el interior profundo con sus pueblecitos rurales, maravillosos por su encanto natural; conocer su cultura, bailar su música y aprender de su gente, con hospedaje en casas particulares, cenas en paladares (restaurantes adaptados en casas de familia), con largas charlas de sobremesa, risas y mojito a discreción.

En la Habana, la belleza seductora se confunde con un deterioro espectacular. El viajero se enamorará de ella, aunque nunca terminará de entender por qué. Al menos la mitad del atractivo de La Habana es cosa de intuición. Hay que dejarse seducir por ella, caminarla, sentirla, “vivir” sus calles y dejar que ejerza su magia. Una vez que el espíritu habanero se apodere del alma, no habrá vuelta atrás.

La joya de la capital es La Habana Vieja, uno de los centros coloniales españoles más atractivos, que ha recuperado el esplendor perdido gracias a las obras de restauración. Tiene un estilo barroco colonial, neoclásico, con experimentaciones al estilo Gaudí, mezclado con cafés y restaurantes de estilo europeo y hoteles lujosos del siglo 21. Mientras uno recorre sus calles empedradas e iluminadas por farolas coloniales, no puede dejar atrás los grandiosos coches americanos que se pasean por la ciudad con majestuosidad. De hecho os recomiendo que si alguna vez visitáis Cuba, alquiléis uno de estos bellísimos coches para hacer un recorrido que os trasladará a la década de los años 50.

 Otro de los lugares más bellos es “La plaza de San Francisco de Asís”, llamada así por la impresionante iglesia y monasterio situados en su lado sur. Es una de las plazas más características ubicada frente al puerto de La Habana, se puede sentir la frescura de la brisa marina en la cara cuando te acercas a ella, un bálsamo para refrescarse de los 30° que se sienten durante el día. La mirada se pierde entre tanta belleza, con la bahía de fondo, los colores pastel, la catedral de piedra… las sensaciones afloran.
Tiene mucho de las plazas europeas; de la del reloj Astronómico de Praga por ejemplo, aunque rápidamente el aroma a tabaco del bueno, las mulatonas con sus vestidos colorinches y la cara del Ché en el timbal del trovador que canta en vivo, nos hacen sentir nuevamente lo mejor de Cuba.

El Paseo del Prado, en el mismo centro de la habana vieja y que termina en el Malecón, es uno de los interminables sitios para caminar y olvidarnos de nuestros problemas mientras disfrutamos de las edificaciones antiguas que aún siguen en pie.

 Otra avenida que a mi me encanta pasear, tanto al amanecer como al atardecer, es “el Malecón habanero”. Caminar a lo largo de él desde el túnel de línea hasta el Morro, viendo ir y venir los coches años 50 o disfrutando de los ensayos de los músicos cubanos, que aprovechan la paz y serenidad que el mar les ofrece para perfeccionarse como profesionales de la música, y que suelen dedicar alguna que otra canción a todos aquellos que deseen escucharlos. También los bici- taxis, que van con la música muy alta por las aceras del malecón reclamando público para bailar casino (salsa en rueda, bailada por varias parejas totalmente sincronizadas).

 Recuerdo caminar por la calle 17 con su sencillez y grandes casas coloniales, fumar un buen puro en la Plaza Vieja tomando una cerveza tibia, estar en la discoteca del famoso Hotel Habana Libre situada en lo más alto del mismo, desde donde a la vez se puede apreciar a un lado el Malecón y el mar en su inmensidad, y al otro lado los grandes edificios como el Focsa.

 Invito a todo el que lea este relato a que vaya a mi Cuba querida, que disfrute de todas las sensaciones que ella ofrece y se deje cautivar.

Michel López.

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