Nueva York

¡LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN!

 Así es Nueva York.  Tantas veces visto en películas, series, documentales… pero que al llegar te deja sin aliento.

Nada más comenzar el avión a descender para el aterrizaje uno mira por la ventanilla cualquier silueta que pueda reconocer. Así fue como la pasajera de atrás (de origen francés) me tocó en el hombro emocionada diciendo en voz alta “Le Empire State, Le  Empire State”. <Será también su primer viaje a Nueva York>, pensé yo. Se refería evidentemente al Empire State Building, quizá el rascacielos más famoso del mundo.

En el trayecto de traslado del  JFK al hotel, a mi cámara fotográfica le faltaba velocidad de proceso para tanta foto. <¡Mira el Crysler!, ¡Y allí Flushing Meadows!…> Sólo teníamos que mirarnos las caras mi mujer y yo para ver la ilusión que desprendíamos como un niño cuando llega a Disneylandia.

Nos faltó tiempo para dejar las maletas en el hotel y salir corriendo a patearnos la ciudad. Y nada como subir al “Top of the Rock” del Rockefeller Center para tener una vista de pájaro de la Gran Manzana. A un lado, el majestuoso Empire State Building, al otro, Central Park. Es tan alto este mirador que si prestas atención puedes observar que este edificio ¡se balancea!.

Continuamos subiendo por la 5th Avenida que divide en dos a la isla, Est y West side, hasta llegar a esa tienda de juguetes donde Tom Hanks tocaba aquel piano gigante con los pies en la película “Big”. Si bien esta juguetería ha quedado ensombrecida por  la contigua Apple Store, de diseño vanguardiasta y abierta 24 horas.

Al otro lado de la 5th se encuentra el Hotel Plaza, famoso por hospedarse Kevin,  aquel jovencito travieso protagonista del film Solo en Casa 2. Sólo para ver el vestíbulo ya merece la pena acercarse hasta aquí.

Solo teníamos que cruzar la calle para adentrarnos en Central Park. Se nos hizo de noche, pero en ningún momento tuvimos la sensación de peligro o inseguridad, encontrando patrullas policiales por doquier. Pero mejor no tentar a la suerte, así que no tardamos en volver al pavimento iluminado.

Finalmente, regresamos a las inmediaciones del Hotel, para cenar una buena hamburguesa (realmente allí la carne está exquisita), y prepararnos para el día siguiente con la excursión “Alto y Bajo Manhattan”, obligatoria si quieres tener una idea general de la isla y seleccionar los lugares que más os interesen visitar.

Pero para aventura de verdad, la decisión de alquilar un coche. Teníamos planeado ya de antemano renovar los armarios, por lo que decidimos realizar un pequeño viaje de una hora de duración hasta un poblado pintoresco de tiendas de madera coloreadas llamado Woodbury Common Premium Outlets. Y nada mejor como tener tu propio vehículo donde cada vez que te cargas de bolsas puedas ir a descargar al maletero. Ya el solo hecho de alquilar el coche fue una odisea. Resulta que ciertas compañías de “Rent-a-car” no tienen tienda física sino una especie de cabinas telefónicas donde al descolgar el teléfono aparece un empleado que por medio de webcam te va solicitando («in English, of course») todos los datos <Estos americanos…>. Al cabo de unos quince minutos intentando comprender al empleado y sin estar seguro de si lo que había alquilado era un deportivo o un utilitario, obtuve el recibo que me daba acceso al coche elegido: un Kia Soul con tan sólo tres mil millas que olía a recién salido de fábrica, y como no, automático a gasolina. Con él emprendimos rumbo hacia aquel outlet para comprar ropa como si no hubiese un mañana, sin contemplación ni miramiento.

La sensación de conducir por Manhattan es indescriptible. Allí estábamos mi mujer y yo de regreso de todo un día de compras, circulando por Broadway Avenue, atravesando Times Square, el llamado cruce de carreteras del centro del mundo, y ¡conduciendo yo mismo!. Así fue como llegamos hasta Brooklyn, cruzando el puente del mismo nombre, siendo ya noche cerrada, sintiéndome el protagonista de alguna de las películas de Woody Allen.

Y si me tuviera que quedar con algún instante concreto de esta maravillosa Luna de Miel, sería sin duda el momento en que nos acercamos al muelle nº1 a los pies del Puente de Brooklyn, en aquella noche despejada, y sentados en un banco entre jardines y un suelo con tablones de madera, descubrimos ante nosotros aquella vista que nos quedó grabada para siempre en nuestra memoria: la ciudad de Manhattan en todo su esplendor, iluminada, dejando adivinar las siluetas de sus edificios más característicos,  y a la izquierda a lo lejos, una llama sostenida por la dama que en tiempos pasados daba la bienvenida a los inmigrantes que buscaban la tierra de las oportunidades: La Estatua de la Libertad. Sólo por estos momentos merece la pena viajar a Nueva York.

 A partir de aquí todo son vivencias que uno ha de ir descubriendo por sí mismo: alcantarillas humeantes, gente disfrazada de Mickey Mouse, de Estatua de la Libertad, de rockero desnudo, todos ellos esperando hacerse una foto contigo por la “módica” cantidad de 5 dólares; un puesto de helados dónde eliges como quieres confeccionarlo y te quedas embobado viendo como deja la heladera caer el chocolate chorreando sobre la base del helado como si de un escanciador de sidra se tratase; calles con encanto como Bleckeer Street y su multitud de pubs y restaurantes; y para los que el presupuesto aún se lo permita, por unos 180 dólares por persona, podrán darse una vuelta en helicóptero desde el muelle nº6 que os aseguro os darán unas vistas privilegiadas de la ciudad;

Es decir, Nueva York les ofrece todo un sinfín de puntos de interés a elegir, que dependerán en gran medida de los barrios que decidan visitar, y que lamentablemente obligará a descartar otros. Pero elijan lo que elijan, acertarán.

Abel Téllez  y Beatriz Hernández
Clientes Indira Viajes Online

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